Los niños de un orfanato pasan tanta hambre que, desesperados, deciden que uno de ellos hable del asunto al director. El elegido es Oliver Twist, que será expulsado del centro y ofrecido como aprendiz a quien lo quiera contratar.
Después de limpiar
chimeneas y trabajar como ayudante de un enterrador, Oliver se escapa y llega a
Londres.

Una historia donde el odio y la perversidad campan por sus anchas, a través de un Londres repleto de lluvia y miseria.
La cinta es bella, empezando
por los variantes que va dejando la historia: un niño sin familia, la miseria y
la corrupción de una Londres cruda, la falta de solidaridad, el hecho de
considerar al ser humano casi como un animal y de avasallar sus derechos.
Tópicos fuertes en esta película con niños, pero con temática adulta sin lugar a dudas.
Tópicos fuertes en esta película con niños, pero con temática adulta sin lugar a dudas.
Claro que por allí el filme
se torna un poco duro al mostrar la dureza con que nuestro protagonista es
tratado, con el agravante extra de que se trata de un niño.

Allí Oliver saca a relucir su naturaleza buena, parecería implícita en sus genes.
Como digo, la historia es cruel pero no pesimista: muestra que, a pesar de las intervenciones del azar -unas veces a favor y otras en contra-, se pueden tomar decisiones -los personajes y nosotros los espectadores- para cambiar o tratar de cambiar lo que no gusta de la vida.
No quiso Polanski en “Oliver
Twist” utilizar actores famosos, supongo que para que la película fuera más
marginal y no recibir, como él dijo, llamadas inoportunas en plena noche de
productores preocupados por su marcha en taquilla.

Especial mención merece la interpretación de Barney Clarke, en el papel de Oliver.
Sin dejar en evidencia a
otras adaptaciones del clásico de Dickens, que las hay y buenas, en especial la
de David Lean, Polanski consigue una película espléndida que no debe echarse en
saco roto y que rebosa buen cine.
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