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Salvar al soldado Ryan (1998): La crueldad de la guerra



Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Tras el desembarco de los Aliados en Normandía, a un grupo de soldados americanos se le encomienda una peligrosa misión: poner a salvo al soldado James Ryan.

Los hombres de la patrulla del capitán John Miller deben arriesgar sus vidas para encontrar a este soldado, cuyos tres hermanos han muerto en la guerra. Lo único que se sabe del soldado Ryan es que se lanzó con su escuadrón de paracaidistas detrás de las líneas enemigas.

La Segunda Guerra Mundial, es una época de nuestra historia, que ha generado muchas relatos que contar. 

Sobre todo historias, que son adornadas con un heroísmo y entrega, que no vemos tan asiduamente en otras guerras.

Los soldados debían luchar donde se les enviara, con la certeza de que podrían morir en cualquier frente de batalla. Es como si la gente en aquella época estuviera hecha de otra pasta y eso lo aceptemos de forma natural.

Poco se puede decir ya de Spielberg y poco se puede decir de esta auténtica obra maestra, y es que nunca hasta entonces, y todavía a día de hoy, se ha dirigido de una manera tan nítida y transparente el mundo de la guerra.

La muerte, la destrucción, la barbarie y la mutilación son representadas de una manera espectacular y cercana, fascinando e incomodando a partes iguales.

Steven Spielberg no escatima recursos para mostrarnos lo duro que fue esta guerra; como hizo sufrir a los soldados física y psicológicamente. Un fragmento de la película espectacular y que no deja indiferente a nadie.

Pero no todo son combates sanguinarios; la duda moral que plantea la misión principal, planea entre los integrantes del grupo. Dando así oportunidad para construir mayor dramatismo y generar incertidumbre; que el director sabe explotar muy bien a su favor.

Para mí, lo más importante que plantea esta película es el término de "rentabilidad humana" en una guerra; lo explica el capitán Miller (Tom Hanks). 

En una guerra, la muerte de un soldado tiene que servir para salvar y asegurar la vida de varios soldados, y para que la compañía o el ejército tome el dominio de una posición e incluso ganar cierta batalla y la guerra finalmente. Ese es el coste de la inversión en una guerra.

En esta película ocurre todo lo contrario. Varios soldados tienen que arriesgar su vida para salvar sólo a uno. 

Es una situación excepcional casi impensable en una guerra, pero al parecer ocurrió de verdad puesto que la historia, se basa en un hecho real.

La interpretación de Tom Hanks es excelente. Merecía la nominación al Oscar, incluso teniendo en cuenta quien la ganó, no hubiese estado de más concedérselo a él.
Aun siendo el claro protagonista, tampoco ensombrece el trabajo de los demás actores que le siguen.

Como la mayoría de las cintas de Spielberg, el sentido del espectáculo está muy logrado; quizás el argumento sea demasiado rebuscado y haya un exceso de sentimentalismo; algo habitual en muchas de sus películas.

Aunque en definitiva, si se desea ver una película bélica moderna, esta para mí es un gran ejemplo de ello.








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El Discurso del Rey (2010): El Rey sin Voz



Aunque fue bautizado como Albert Frederick Arthur George, sus familiares lo llamaron siempre Bertie. Era el segundo hijo del rey Jorge V y por lo tanto era a su hermano Edward, a quien le correspondía heredar el trono… pero, como lo que es para uno nadie se lo quita, no había transcurrido un año y el buen Edward se enamoró de una mujer norteamericana, Wallis Simpson -dos veces divorciada- y prefirió renunciar al trono antes que dejarla.

Por derecho, le correspondía a Albert sentarse en la silla del rey, pero para su desgracia, sufría de una disfemia aguda que, tras largos años de experimentar con diferentes tratamientos, no conseguía superar. 

Lo que nos relatará este filme del director Tom Hooper, es la curiosa relación que, el aspirante al trono de Inglaterra, habrá de tener con un plebeyo dedicado al tratamiento de dificultades en el habla, quien sin títulos, ni renombre, ni “clase”, conseguirá conquistarlo con su entereza, su carácter y su dedicada eficiencia.

El filme resulta muy humano y logra que sintamos aprecio, por ese hombre que lucha contra sus propias limitaciones, porque nada debe ser más cruel que saber que se puede alcanzar un gran poder; pero sentir pánico porque bien se comprende que, ese mismo poder, te puede traer los peores momentos de tu vida. 

Colin Firth nos ofrece una gran caracterización de ese futuro rey que pasa por cruciales momentos y que se ve abocado a asumir compromisos tan obligantes como aquel de leer, por la radio, un mensaje de su padre que se encuentra enfermo.

Pero, en adelante, para un hombre como éste, un gran amigo será un gran apoyo, y con la disposición a superar, los tropiezos y choques que se avienen en el camino, pronto quizás, encuentre las fuerzas que le permitan salir avante.

Como el tratante, Lionel Lowe, Geofrey Rush le hace a Firth una perfecta segunda y el filme se convierte para ellos en un tour de force magnífico, que redundó luego en el premio Oscar para Firth y en la reafirmación de Rush como uno de los más notables actores de los últimos años.

También Helena Bonham Carter tiene aquí otra buena aparición (aunque secundaria y discreta) como Elizabeth, la comprensiva esposa de este futuro rey.

Y ¿qué más se puede decir de esta película? Bien es cierto que no deja de ser el típico drama capaz de llamar la atención de la crítica y del público.


Pero eso no quita que sea una película realmente sencilla en su planteamiento, pero muy efectiva en su resultado, porque las actuaciones y los diálogos son tan buenos, que no importa nada de todo lo demás. Y eso, en mi opinión, es saber hacer buen cine.





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Kinsey (2004): Hablando de Sexo



La historia nos cuenta de manera cronológica la vida del famoso Alfred C. Kinsey (Liam Neeson), primero biólogo y luego estudioso del comportamiento sexual del hombre.

Gracias a su esfuerzo por romper el puritanismo religioso y los prejuicios hacia el método científico, analizó concienzudamente los comportamientos sexuales de los humanos, como de simples animales se tratara, al romper con la idea de que somos los hijos de Dios y que estamos por encima de la Naturaleza.

Ante todo, se tenían que desmitificar los discursos moralistas que estaban de moda, y que impedían que el conocimiento progresara debidamente. 

Igualmente nos adentra en su historia de amor con Clara Bracken McMillen (Laura Linney), su esposa, colaboradora y compañera a lo largo de toda su vida. 

Es inevitable sentir indignación por la ignorancia a la que se sometía a todos los jóvenes en la avanzada Norteamérica de los años 40 y 50. Alfred Kinsey fue capaz de postular los comportamientos mentales, sensoriales, físicos y emocionales del sexo para establecer y estudiar sus máximas.

Y por el camino, salvó de la marginación y la auto flagelación a muchas personas, al publicar con desbordado éxito en aquella época, que hay tantas formas de comunicarse sexualmente como personas hay en el mundo.

Pero igualmente, “Kinsey” no glorifica y mitifica a la figura de su protagonista. Es capaz de introducir la duda y los fines humanos de su estudio para que el espectador se plantee dónde están los límites (en su abnegada pasión por la obra de su vida, llega a descuidar hasta su propia salud).

El reparto está extraordinario, sobre todo los dos protagonistas: Laura Linney y Liam Neeson que dejan ver el paso de los años, el retrato de una época y la labor social de su causa con dos apasionadas interpretaciones.

Eso sí, esta película deja también bien claras, las limitaciones de los planteamientos de Kinsey (no basta con hacer estadísticas sobre las actividades sexuales de los humanos, para comprender el comportamiento humano en el ámbito sexual).

De igual forma, también nos muestra en qué consistieron sus principales aportaciones (demostrar de un modo científico que determinados comportamientos que no se consideran "normales" desde un punto de vista moral, en realidad son lo suficientemente habituales, como para que se consideren "normales"). 

La película propone preguntas y suscita la reflexión. Y cuando toma partido, lo hace por la responsabilidad: no se trata de hacer lo que a uno le dé la gana sin más, sólo por seguir sus instintos y obtener placer; se trata de entender que practicar sexo, acaba siendo también una experiencia afectiva.

En definitiva, una película que en principio podría llegar a escandalizar por la esencia que narra, pero la habilidad del director Bill Condon, hace que la película no caiga en el chiste fácil.


Ello hace de este filme, un curioso y buen documento investigativo e informativo sobre la figura de un hombre que quiso desafiar y rebatir tópicos, que por diversas razones permanecieron, permanecen y permanecerán como temas tabúes dentro de la sociedad. Por desgracia.






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