Frederick Manion (Ben Gazzara), un
teniente del ejército, asesina fríamente al presunto violador de su mujer (Lee
Remick). Ella contrata como abogado defensor a Paul Biegler (James Stewart), un
honrado hombre de leyes. Durante el juicio se reflejarán todo tipo de emociones
y pasiones, desde los celos a la rabia.
Encuadrada en el
subgénero del cine de juicios que tantas grandes películas ha proporcionado y
que permanecen en nuestra memoria, esta apasionante película es una de las más
logradas, en mi opinión.
Se podría decir que la
palabra “anatomía” involucra aquí sutilmente al cuerpo femenino. Estamos ante el
caso de una violación, ocurrido a la esposa de un teniente del ejército
norteamericano, el cual salió luego en busca del hombre –amigo de su esposa-
que cometió el hecho y le propinó cinco balazos.
El hecho puede ser
juzgado como un homicidio premeditado asumido por venganza (pues ocurrió una
hora después de consumada la violación), o como la consecuencia de una reacción
disociativa o impulso irresistible, pudiendo el sindicado, en este último caso,
obtener su libertad.
El juicio que se llevará a efecto, es un magnífico ejercicio de retórica en el que, tanto el defensor Paul Biegler (un astuto y simpatiquísimo James Stewart) como el fiscal Claude Dancer (agudo y manipulador George C. Scott), sacarán a relucir sus mejores dotes, en un duelo de jurisprudencia y humanidades, que dejarán ver muy clara su relevancia, a la hora de resolver un crimen.
Los temas tratados, no tanto la violación como la supuesta promiscuidad sexual de la protagonista femenina, y lo explícito del lenguaje; forzaron los límites del código censor que se había autoimpuesto el cine americano.
El juicio que se llevará a efecto, es un magnífico ejercicio de retórica en el que, tanto el defensor Paul Biegler (un astuto y simpatiquísimo James Stewart) como el fiscal Claude Dancer (agudo y manipulador George C. Scott), sacarán a relucir sus mejores dotes, en un duelo de jurisprudencia y humanidades, que dejarán ver muy clara su relevancia, a la hora de resolver un crimen.
Los temas tratados, no tanto la violación como la supuesta promiscuidad sexual de la protagonista femenina, y lo explícito del lenguaje; forzaron los límites del código censor que se había autoimpuesto el cine americano.
El director Otto
Preminger dio los primeros pasos para que el cine dejase de tener limitaciones
en sus temas, y en el tratamiento de estos. Esa audacia es un valor añadido, a
los valores cinematográficos que atesora la película.

Cosas difíciles de encontrar en el vertiginoso y estereotipado
cine actual.
Funciona como thriller y
por si fuera poco, destapa todo el proceso que se lleva a cabo en un juicio,
por lo que no deja de ser interesante e instructivo.
Si bien la primera parte de la historia, podría
haberse condensado bastante, ya que el juicio como tal, no comienza hasta la
segunda hora del filme.
Los juicios en EEUU son
una suerte de interpretación, es decir, el abogado no tiene que convencer al
juez, sino que tiene que convencer a un grupo de personas cotidianas que son el
jurado popular, y su discurso para convencer esta a la altura de todo un
showman. Eso lo refleja a la perfección esta película.
La sutil resolución de
la historia, pienso que nos deja con cierta desazón, pero es muy interesante
(porque se asemeja mucho más al “american style”, que a la verdadera justicia),
y en todo caso, sentimos haber estado ante uno de los mejores duelos de
abogados, que nos haya dado el arte cinematográfico.