Hay películas que forman parte del bagaje vital de cada uno, que te marcan, te acompañan toda la existencia; y no puedes, ni quieres, desprenderte de la intensa sensación que te produjeron.
Espero descubriros, algunas de las películas más especiales que haya podido dar la historia del cine, en todos sus géneros.
Puede que algunas ya las conozcáis y otras no, e incluso puede que echéis algunas de menos y que no aparecen aquí. Pero todas ellas pertenecen a mi baúl particular de recuerdos cinéfilos.
Sed bienvenidos y os invito a dejar volar la imaginación a partir de este momento.
En el recuerdo me quedan esas tardes de la infancia en las que me tragué todas las películas de los Hermanos Marx, entonces me reía, sobretodo con las cosas de Harpo, y me lo pasaba en grande. Ahora de adulto las vuelvo a revisitar y mi mirada ha cambiado; pero no sería capaz de separar las tres figuras históricas de este grupo teatral que triunfó en la pantalla grande, de mis recuerdos. Afirmo con rotundidad que las frases, bromas y expresiones de Groucho, Chico y Harpo forman parte de un humor inofensivo y blanco, pero muy elaborado, que en más de setenta años no se ha vuelto a conseguir. Con ese aire característico de ingenua ligereza (que resulta no ser tan ingenuo), en su filmografía se colocan en el punto de mira grandes defectos sociales. Tales son: el poder desmesurado del dinero, los prejuicios de clases, las conveniencias, los “amores” interesados… En este caso, la historia está ambientada en el mundo de la ópera y se burla incesantemente de las elevadas altas esferas de la sociedad estadounidense. “A Night at the Opera” contiene las míticas escenas del camarote atestado de gente, el contrato recortado continuamente al son de “La parte contratante de la primera parte…”, los aviadores barbudos o los movimientos de las camas del hotel. La simpática capacidad histriónica de los hermanos Marx y el carisma de los mismos, es fundamental para que la película funcione. Los instantes donde aparece Groucho, son obras de arte donde la risa está asegurada, gracias a su rapidez verbal. Chico protagoniza las escenas típicas suyas de aparente panoli que es más listo de lo que parece. Es el menos gracioso de los tres, tiene mucha chispa pero sólo funciona si está con alguno de los otros dos; por separado no tiene gracia. Y finalmente el mudo Harpo, mi preferido; un auténtico niño en un cuerpo de adulto; quizá el más surrealista, loco y destructivo de los tres; el equivalente a Groucho pero en versión muda. Los personajes de los tres son liantes, mentirosos, timadores, descarados y vividores. Su comportamiento, que no tiene nada que ver con la sensatez y la cordura, provoca cataclismos colectivos imprevisibles. En la película no faltan actividades circenses o juegos malabares propios de las comedias norteamericanas de la época, pero la intención de abarcar a todo tipo de público -considerando que el cine todavía competía con el teatro, la ópera o el musical- le resta demasiado a lo que podría haber sido una comedia perfecta. Por ejemplo haber eliminado algunas escenas musicales. Y es que, los números musicales, acusan de su repetición y de su duración a interrumpir innecesariamente el ritmo ágil de la comedia; algo que sucedería a partir de esta película de los Marx y con todas las posteriores. Los hermanos Marx se reían hasta de su sombra y revolucionaron el género de la comedia, llevándola hasta el extremo más delirante. Figuras del espectáculo, cómicos, faranduleros y reyes del absurdo y los juegos de palabras, convertían sus películas en una sucesión de gags que han quedado como verdaderas perlas del cine humorístico. No os dejéis engañar por la ausencia de color de sus escenas, esta película tiene mucho mas colorido en contenido que muchas películas modernas. Es de aquellas películas que a su estilo, y por mucho tiempo que pase, poseen un humor que no envejece, que siempre estará en auge y que es apto para todas las edades.
Tras haber dado buenas muestras en este blog de ello, es indudable que en los años 70, el cine arriesgó como en ninguna otra época; y no sólo en la forma, sino sobre todo en el fondo, cosa que yo particularmente echo de menos en el cine actual. El guionista Dalton Trumbo dirigió esta película, basada a su vez en la novela que él mismo publicó en 1939, sobre la historia de un soldado mutilado en la primera guerra mundial. Para cuando se estrenó la adaptación al cine en1971, en plena guerra fría y con una amenaza constante de guerra nuclear; se muestra como una película antibelicista que representa como pocas, las desgracias y consecuencias de la guerra. Además de ser pionera, como película que realiza una apología de la eutanasia. Nos adentra en el drama estremecedor de Joe Bonham, un lisiado de la I Guerra mundial que, tras quedarse sin brazos, piernas ni rostro, es tomado por comatoso y encerrado de por vida en una oscura habitación de hospital. Tiene como único escenario de su vida, las ensoñaciones y delirios que su propia situación le delimita como válvula de escape. Y es que a pesar de no tener y desarrollar batallas de ejércitos, disparos o bombas, entre otras cosas; nos muestra una parte mucho peor, que son las personas convalecientes de lo antes nombrado. La película se divide en dos partes que se van alternando: una en blanco y negro, que narra el presente y la dura realidad de la enfermedad; y otra parte en color, que nos traslada hasta los sueños y recuerdos del protagonista. Creando una atmósfera agobiante, logra transmitir la soledad y el patetismo del personaje, incapaz de comunicarse por culpa de una guerra. Una guerra a la que él va, por los valores de la "democracia" que, a través de la cinta, resultan tan absurdos. Vista desde la perspectiva del protagonista, la película te hace experimentar el dolor y la desesperación de no poder escapar de su propia tragedia. Hay que tener en cuenta que para este director fue su primera y única película; por lo que la historia tiene errores lógicos de base y con alguna simpleza. Además, en ocasiones, los recuerdos del protagonista resultan confusos y surrealistas. Pero el mensaje de la historia es tan desgarrador, que se le perdonan estos defectos. Si unas actuaciones no demasiado buenas y una dirección algo floja la lastrasen, estaríamos sin duda ante una de las grandes películas de la historia. Demasiado dura quizás para mucha gente, no por las escenas sino por las reflexiones que se puedan sacar de ella. Esta película deja a mucha gente en su sitio y dice las verdades como puños, sin tapujos. Esta cinta es de las que hacen daño... Hace daño al que la ve porque sacude su compasión, porque desespera, porque hace que te preguntes hasta qué punto es digno vivir y hasta qué punto es digno morir. Y hace daño porque hace que te plantees hasta que punto es digno luchar por unos valores, o simplemente si es posible creer en Dios en medio de tanto sinsentido. Ninguna causa justifica sacrificar la vida de alguien, hacerlo es un crimen. Las víctimas de la guerra no solo son los muertos, también lo son aquellos que su vida ha sido destruida. Tal es el caso de Johnny, a quien solo le quedan sus recuerdos y sueños. Sigue vivo, pero su vida se ha acabado. A mi me impactó y me angustió mucho cuando la vi por primera vez. Es la critica más brutal que he visto nunca sobre la guerra.
Si hay un cine que es muy del gusto de los norteamericanos es precisamente el llamado cine judicial, en el que abogados, fiscales, jueces y jurado deciden sobre la vida (o la muerte) de una persona.
Y si hay un director que ha cultivado con bastante frecuencia este tipo de cine, es el director Sidney Lumet. En esta que fue su ópera prima, Lumet no nos ofrece un juicio completo, sino únicamente se centra en el jurado (los doce hombres del título).
El film comienza justo en el momento en que termina la vista oral y se reúnen los doce componentes del jurado, para deliberar si un joven es culpable o no del asesinato de su padre.
Todos parecen dispuestos a acabar rápido ya que las pruebas en contra parecen bastante sólidas, sin embargo, tras la primera votación, hay un miembro del jurado que no parece tenerlo claro.
Poco a poco las deliberaciones irán subiendo de tono y las dudas razonables irán haciendo cambiar de parecer a algunos miembros del jurado.
Lumet encierra en una habitación a los 12 hombres, prácticamente el único decorado de la película ya que el 99 % de la película tiene lugar entre esas cuatro paredes, consiguiendo recrear perfectamente el clima asfixiante y en ocasiones tenso.
Esta película, al venir de una obra de teatro, no necesita de grandes necesidades técnicas. Sin embargo, eso no quita de que tanto el vestuario, como la iluminación, la fotografía y el sonido estén muy cuidados. Pero si desde luego hay algo cuidado al detalle, son las interpretaciones.
Una película de estas características precisa de un plantel de actores de relieve, capaces de interpretar desde una silla, con 30 metros cuadrados para compartir.
Y sobre todo, para hacernos creíble los estereotipos universales de los ciudadanos de los años cincuenta, que siguen siendo los mismos medio siglo después: clasistas, conservadores, acomplejados, dialogantes, ignorantes, racistas......
Los doce personajes son muy distintos entre ellos y el gran acierto del guión es reflejar el comportamiento de cada uno, a tenor de los diferentes sucesos; y del cansancio producido a raíz del agotamiento y del sofocante ambiente.
Empezando con un espectacular Henry Fonda en su papel de hombre corriente con muchas dudas sobre la culpabilidad, Lee J. Cobb una persona impulsiva y en ocasiones violenta.
También destacar a Jack Warden, E.G. Marshall, Ed Begley, aunque lo justo sería citar a los 12 personajes ya que todos están metidos totalmente en su papel y realmente creíbles,
La película retrata la capacidad de liderazgo y de convicción de un hombre, usando la capacidad de argumentación y el sentido común. También es una crítica a los prejuicios que no te permiten ver con claridad la situación tal y como es.
Como si de un cuento se tratara, 12 Hombres sin Piedad nos deja la moraleja de que nunca hay que aceptar de primeras un hecho, por muy evidente que resulte.