Hay películas que forman parte del bagaje vital de cada uno, que te marcan, te acompañan toda la existencia; y no puedes, ni quieres, desprenderte de la intensa sensación que te produjeron.
Espero descubriros, algunas de las películas más especiales que haya podido dar la historia del cine, en todos sus géneros.
Puede que algunas ya las conozcáis y otras no, e incluso puede que echéis algunas de menos y que no aparecen aquí. Pero todas ellas pertenecen a mi baúl particular de recuerdos cinéfilos.
Sed bienvenidos y os invito a dejar volar la imaginación a partir de este momento.
Esta película es parte ya del inconsciente colectivo. El personaje de Hannibal Lecter ha trascendido (independientemente de las secuelas) a ser parte de la cultura popular de los últimos tiempos.
Y fue gracias, no solo a la extraordinaria interpretación de un, por aquel entonces, desconocido Anthony Hopkins, sino por la narrativa tanto de Thomas Harris como del director Jonathan Demme.
Además, permitió la proliferación de thrillers que seguían más o menos la misma fórmula, hizo del asesino en serie un personaje casi imprescindible en el 50% de las películas a rodar y dio lugar a varias secuelas e incluso precuelas (para suerte del bolsillo de Hopkins).
La línea argumental trata de una agente del FBI en prácticas, Clarice Sterling (Jodie Foster), que sueña con su ascenso para convertirse en lo que realmente desea. Es mandada al psiquiátrico de Baltimore para tratar de hablar con el psiquiatra y asesino Hannibal Lecter (Anthony Hopkins).
De ahí que empiece una relación misteriosa entre ambos; ella se sentirá necesitada de él para sacar conclusiones sobre la pista de un asesino en serie llamado Buffalo Bill, mientras que él buscará penetrar en la mente de la agente y encontrar su ansiada libertad.
Cabe destacar la relación del personaje de Clarice y Hannibal Lecter; un intercambio psicológico de ambos, para que cada uno llegue a sus metas correspondientes.
El beneficio angular que obtienen a base de unos diálogos perspicaces son lo mejor de este título. Y es que, la agente y el psicópata caníbal, entablan unas conversaciones con unas reflexiones y críticas de una profundidad asombrosa.
Aquí no se busca tanto la profundización del villano en particular como suele pasar en otras películas, sino que aprovecha más el aspecto del vínculo entre los personajes principales.
Anthony Hopkins interpreta por primera vez a uno de los asesinos más temibles en la ficción, resultando espectacular por la serie de gestos que nos regala y su creíble actuación. Es tan penetrante su mirada en cada plano que da auténtico terror.
Lo mejor es como se consigue que un personaje así te cautive y te provoque tal atracción sin dejar de mostrártelo como un monstruo terrible. Eso sí, un monstruo con sus propias “reglas morales”, culto y leído, melómano, y perversamente inteligente.
Jodie Foster saca el mayor partido a su personaje sabiendo de la dificultad que representa. Logra bordar el papel de agente novata del FBI vulnerable, sensible, con miedo y frustración, estando a la altura de Anthony Hopkins, tarea nada fácil.
La fotografía sucia y enfermiza, el guión adecuado y preciso, la dirección pausada, con tino y frialdad, y los papeles inolvidables del dueto protagonista y los secundarios, son las principales... e inolvidables bazas de esta angustiosa y clásica película.
Es cierto que la película ha perdido parte de su capacidad para impactar y conmocionar de la cual disponía el día de su estreno, pero, aunque así sea, más de 20 años después, continua provocando algunos escalofríos y continua interesando. Tiene de todo y no le falta casi de nada, siendo muy dinámica a pesar de su duración.
Woody Allen es un director con una gran trayectoria y evolución a lo largo de tantos años; rodando películas de todo tipo, tocando diferentes estilos, géneros, actores, actrices y nacionalidades.
Como una de esas películas de los años treinta, en blanco y negro con una ambientación muy expresionista (y lo consigue, pues si hay algo que destacar de esta película es su fotografía y luz, a ello se debe el título); estamos ante un entusiasta homenaje al expresionismo alemán y también al mundo del circo, en el que todo es posible. Destaca la combinación que logra establecer entre lo siniestro y lo humorístico sin necesidad de recursos artificiosos o gestos forzados.
En las nubladas y solitarias calles de una pequeña ciudad de Centro-Europa, embotada en la oscuridad de la noche, un estrangulador siembra el pánico. Hasta esa noche poco se sabe sobre el asesino, sólo que usa una cuerda de piano para asesinar, y que asalta a sus víctimas aprovechando el silencio y la niebla.
Como ya han caído varias víctimas en manos del perturbado, los vecinos han decidido que hay que hacer algo para atraparlo, y para ello se han organizado por su cuenta para patrullar las calles y poner en práctica su propio plan.
Lo único que hace falta para ponerlo en marcha es la colaboración de Kleinman (Woody Allen), un oficinista pacifico y asustadizo debilucho, que se ve obligado a interrumpir su apacible sueño, para participar como parte activa e imprescindible de dicho plan.
El único inconveniente es que... ¡Nadie le ha explicado lo que tiene que hacer!. Así que ahí tienen al temeroso Kleinman, recién levantado de su cama, en medio de unas tenebrosas calles en una noche de mal agüero, preguntándose cuál es su cometido.
Sus temerosos pasos por las calles desiertas se cruzarán con los de Irmy (Mia Farrow), la tragasables de un circo instalado en la ciudad, que acaba de abandonar a su pareja (uno de los payasos), tras una discusión. Los asesinatos se suceden y la gente empieza a desconfiar unos en otros, llegando a un punto en que todos temen de todos.
De nuevo, como norma habitual en toda su filmografía; Allen volverá a indagar en las relaciones sentimentales de las parejas, los celos, la infidelidad o la lujuria.
Como detalle a destacar; resaltar lo bien recreado de los miedos de la sociedad. Ante una amenaza desconocida, actúa con violencia y dejándose manipular por aquellos que indican que pueden acabar con el miedo, por muy absurdos que sean dichos planes.
Pese a que podía haber dado para mucho esta comedia de intriga, la verdad es que a mi gusto, se queda a medias. Además de que el final resulta un tanto inconcluso y precipitado.
Eso si, son correctas y buenas las actuaciones de todos los actores (aunque el elenco podía haber sido mejor aprovechado, ya que los personajes aparecen y desaparecen en varios cameos). El propio Woody Allen encarna de nuevo el papel de personaje débil, miedoso e inseguro de todo lo que va ocurriendo a su alrededor.
A pesar de sus fallos, la considero desenfadada y bastante certera, en especial por la aproximación que Allen hace de algunos prototipos sociales: las prostitutas, y su impagable servicio al frente de la liga contra el frío y la soledad; la Iglesia, sus ministros y su sentido de la caridad; la inexplicable magia bajo las carpas circenses; las jaurías humanas descerebradas por el olor de la sangre....., y en medio de todo un diminuto personaje judío, como un barquito de papel en medio del océano.
La relación superficial y fugaz que se establece entre taxista y pasajeros rompe las barreras sociales, crea breves intimidades e estimula la conversación entre personas diferentes y desconocidas.
Cinco historias cruzadas distintas, ubicadas en lugares muy dispares (Los Angeles, Nueva York, París, Roma y Helsinki), pero con algo un común, un taxi, y la peculiaridad de que transcurren todas al mismo tiempo. Es obligado visionarla en versión original, ya que hay implícitos cuatro idiomas diferentes.
Taxistas y pasajeros hablan, piensan, inquieren sobre sus respectivas vidas, el argumento es tan sencillo como este. El autor muestra su preferencia por los personajes marginales, algo excéntricos, inusuales, contradictorios, desubicados y por los que sufren y se rebelan.
Como en toda película dividida en episodios, el tono general varía, y algunos son más irregulares que otros.
Los diálogos son sorprendentes y simpáticos, a la vez que cada corto pretende allegar cierta moraleja con bastante claridad e inequívocamente.
Y es que, entre un taxi y otro, el largometraje pasa de lo curioso (Winona Rider y Gena Rowlands) a lo divertido (Gianncarlo Espósito y Armin Mueller-Stahl), pasando por lo interesante (Béatrice Dalle e Isaach De Bankole), tanteando con lo enervante (Roberto Begnini) y terminando con lo triste (la historia que sucede en Europa del este).
Siempre que se ve una película de autor, hay que criticarla pensando en su estilo, y esta vez es evidente que se cambia; recorrer el mundo es la causa y encontrar respuestas en los taxis de las grandes ciudades era su objetivo, no sé si para el director fue cumplido.
A mí me dejó dudas, puesto que consigue que los pasajeros y conductores sean improvisados experimentos de un estudio sobre la humanidad, pasando por diferentes situaciones. Pero realmente estos testimonios no sé si profundizan en alguna de ellas.
Además, reconozco que me resulta repetitivo y poco original, la continua recaída en los tópicos europeos del cine producido por los "yankis".
Los italianos/as "siempre" son histriónicos y simpáticos, los españoles/as somos "todos" toreros, los franceses/as son "todos" unas "máquinas de amor y de sexo", etc, etc. Pero siendo sinceros, ¿acaso los tópicos no hacen más fácil que nos entendamos unos a otros?
En resumen, se trata de un film que cuando nos queremos dar cuenta ya ha acabado, y eso es digno de elogio cuando no hay mayor acción que la de un taxi en movimiento.
Se podría decir que es una road movie en taxi o un viaje a las entrañas de cinco ciudades. Nos habla de como lo mas sensible, lo más íntimo o lo más perverso puede aflorar en apenas quince minutos.
Recomiendo verla de noche, a ser posible en solitario y con luz tenue. Es una bonita manera de respirar el aire de otras ciudades sin salir del salón, de vestir otros cuerpos sin cambiar de pijama...